
Daniela Alanis Mendez
27 ene 2026
Un hallazgo en Alaska no solo corrige un error histórico, sino que reabre el debate sobre cuánto de nuestro conocimiento científico se basa en certezas jamás revisadas.
Durante más de siete décadas, dos enormes vértebras fósiles conservadas en un museo de Alaska fueron presentadas como restos de mamut. Libros, registros académicos y colecciones científicas las asumieron como parte incuestionable de la megafauna prehistórica del continente americano. Nadie dudó. Nadie revisó. Nadie cuestionó. Hasta ahora.
Un estudio reciente, publicado en la revista Journal of Quaternary Science, demostró que aquellos supuestos huesos de mamut no pertenecían a un animal terrestre, sino a dos ballenas: una ballena minke común y una ballena franca del Pacífico Norte. El descubrimiento no solo corrigió un error histórico, sino que abrió una pregunta mucho más incómoda para la ciencia: ¿cuántas de nuestras certezas están construidas sobre identificaciones jamás verificadas?

El origen del equívoco se remonta a principios de la década de 1950, cuando el naturalista Otto Geist recolectó miles de fósiles en Alaska. Entre ellos, dos grandes vértebras halladas cerca de Fairbanks, a más de 400 kilómetros de la costa. Por su tamaño, fueron catalogadas como restos de mamut y almacenadas en el Museo del Norte de la Universidad de Alaska.

Durante décadas, esos huesos se integraron sin discusión al relato científico sobre la megafauna extinta. Nadie los volvió a analizar con nuevas técnicas. Nadie los cuestionó. Bastó una etiqueta, un nombre escrito en un inventario, para convertir una suposición en verdad científica aceptada.
El giro ocurrió en 2022, con el proyecto Adopt a Mammoth, cuyo objetivo era identificar a los mamuts más recientes mediante datación por carbono 14. Al analizar las vértebras, los resultados desconcertaron al equipo: los huesos tenían entre 1,900 y 2,700 años de antigüedad. Una fecha imposible para un mamut, extinguido en Alaska continental hace más de 13,000 años.
Lejos de desechar el resultado, los científicos decidieron profundizar. El análisis de isótopos de nitrógeno reveló una dieta marina, incompatible con cualquier herbívoro terrestre. Finalmente, el ADN antiguo confirmó lo impensable: no eran mamuts, eran ballenas.

El hallazgo resolvió un error, pero destapó un misterio mayor. ¿Cómo llegaron restos de ballena hasta el interior de Alaska? Las hipótesis naturales fueron descartadas una a una. Ni ríos navegables, ni transporte por depredadores explicaban el caso.
Las explicaciones finales son inquietantes:
O bien, grupos humanos prehistóricos trasladaron los huesos tierra adentro por razones simbólicas o prácticas.
O tal vez, ocurrió algo mucho más simple y perturbador: un error de etiquetado en el museo.
Si esta última hipótesis es correcta —y los propios autores del estudio la consideran la más probable—, entonces los huesos nunca estuvieron en Fairbanks. El error habría ocurrido en el registro, mezclando fósiles costeros con restos del interior. Un simple fallo administrativo que sostuvo durante 70 años una historia falsa.
Este caso no cuestiona a la ciencia como método, sino todo lo contrario: demuestra que la ciencia solo avanza cuando se atreve a revisar lo que da por sentado. Sin embargo, también deja al descubierto una realidad incómoda: mucho de lo que creemos saber se basa en confianza, no en comprobación constante.
Museos, universidades y publicaciones científicas suelen asumir que los registros antiguos son correctos. Pero este hallazgo muestra que incluso instituciones prestigiosas pueden arrastrar errores durante generaciones. Y si esto ocurrió con dos vértebras de mamut, ¿qué otras historias podrían estar mal contadas?

El caso de las “ballenas que fueron mamuts” no es anecdótico. Es un recordatorio de que el conocimiento humano es provisional, perfectible y vulnerable a errores humanos. Etiquetas mal puestas, suposiciones no verificadas, interpretaciones heredadas.
La ciencia no es una verdad absoluta escrita en piedra; es un proceso vivo que depende de la duda, la revisión y la humildad intelectual. Cuando deja de cuestionarse, se convierte en dogma.
Este hallazgo invita a revisar colecciones históricas, a reanalizar fósiles con nuevas tecnologías y, sobre todo, a aceptar que lo que creemos saber puede no ser del todo cierto.
Porque a veces, la historia no cambia por un gran descubrimiento, sino por algo mucho más sencillo: atreverse a mirar de nuevo.






